sábado, 26 de septiembre de 2009

27 años.

Es bonito echar la vista hacia atrás y recordar momentos agradables de la historia familiar. Hace algo más de 27 años, en julio de 1982 (no me pidan que recuerde el día porque para eso ya no tengo memoria, aunque sí recuerdo que era un domingo) llevé por primera vez a mi hijo mayor, Juan, al cine. Fue en Arenys de Mar, donde residían mi suegros, y la película era, obviamente, de dibujos animados. Recuerdo que estaba paseando con él poco después de la comida, y que pensé que podía gustarle ver una película de dibujos animados (¿hay que recordar cuántos canales de televisión había en el año de los mundiales de futbol? me parece que no porque sobren dedos de una mano).

Como podrán imaginar todos aquellos que han tenido hijos, el tiempo que estuvimos en el cine me lo pasé más pendiente de mi hijo que de la película, y traté de explicarle en voz baja la “trama” (por llamarlo de alguna manera) del film. Sólo recuerdo la cara de ilusión de Juan y el movimiento permanente de su cuerpo cada dos o tres minutos, hasta que llegó un momento que comprendí que ya se había cansado y fue entonces cuando nos marchamos. Estuvimos en el cine no más de media hora, pero por mi parte fue vivida con mucha ilusión y también con mucha prevención para evitar cualquier susto con un niño pequeño (caídas, golpes, y todo lo imposible que nunca puede ocurrir y que siempre le puede acabar ocurriendo a un niño).

Esta tarde, es decir algo más de 27 años después, he llevado a mi nieto Jaume al cine por primera vez en Vilanova i La Geltrú, población en donde vive. La entrada es mucho más cara que en el 82, el cine al que hemos ido es mucho mejor en sus instalaciones que el de Arenys de Mar…, y había mucha menos gente que la que recuerdo en el cine del año 82, probablemente porque ahora los niños pueden ver los dibujos en las múltiples cadenas de televisión, video, DVD e internet.

La película no era, desde luego, para tirar cohetes, pero tampoco me ha preocupado mucho porque mi atención se ha centrado todo el tiempo que hemos estado en la sala en Jaume. Ha seguido la película con mucha atención durante algunos minutos, después ha empezado a moverse, hemos salido, hemos vuelto a entrar y así hasta que nos hemos ido definitivamente, quizás más por mi aburrimiento que por su deseo de salir. Hemos estado alrededor de 45 minutos, es decir 15 minutos más que estuve con mi hijo Juan, algo comprensible si se piensa, al margen de los nervios que tiene los dos, que mi hijo pisó el cine con dos años y medio mientras que Jaume, con mucha tele y DVD de dibujos detrás suyo, ya ha cumplido tres años y cuatro meses.

Lo más importante ha sido ver que la ilusión de un niño de 2009 sigue siendo la misma que la que tenía un niño de 1982, y que la mía tampoco ha cambiado. No es poco ¿no les parece?

1 comentario:

Fernando dijo...

De vez en cuando mi condición de tío y padrino me lleva a poder aprovecharme de mi sobrina Laura, y llevarla al cine. Digo que me aprovecho porque yo casi disfruto más que ella con las películas infantiles de dibujos animados. Algunas son muy buenas. Pero yo tengo una experiencia algo distinta. Si bien ella siempre está dispuesta a que la lleva al cine, y me elige la película, casi creo que voy yo más ilusionado que ella. Supongo que recuperar algo de la niñez perdida es sano y por eso lo disfruto yo más que ella. Ella lo tiene todos los días al alcance de la mano, y no necesita a nadie para poder vivirlo.